Querido diario
Fue interesante la clase de hoy, pero igual tengo hambre. Estoy bajo el umbral de la puerta principal del Centro Cultural y camino rápido hacia la tienda que está a unos quince metros. El sol me da casi sobre la cabeza. No tengo sed. Las tripas me suenan desde hace una hora y espero que un paquete de galletas o un queque me alivie un poco. Entro a la tienda y llamo a la señorita que horas antes me sacó unas fotocopias. La llamo varias veces pero no me atiende nadie. ¿Habrá salido de emergencia o estará en el baño? Cojo una moneda de diez céntimos y la hago sonar sobre el vidrio de su vitrina.
-¡Señorita! –grito
Nadie me hace caso. Junto a varias gaseosas veo un sandwich triple sobre una repisa. Está al alcance de mi mano. Si lo agarro y lo meto en mi mochila nadie se dará cuenta, pienso. Dudo un instante pero luego me arrepiento por el temor de ser descubierto y no saber que decir si me encuentran con las manos en la masa. Entonces para evitar la tentación salgo de la tienda. El sol me da otra vez. Ver tantos refrescos me ha dado ahora sed y hambre.
Recuerdo entonces haber visto una vendedora ambulante merodeando el parque frente a la tienda. Cruzo la pista sin ver a los costados porque al fondo, casi del otro lado del parque veo a una señora con una canasta llena de golosinas. Camino presuroso hacia ella. Paso junto a varias bancas donde la gente se detiene a descansar o a leer. Unos metros más adelante una joven se levanta y se camina hacia mí. Al pasar por mi lado me pregunta la hora. No puedo evitar ignorarla porque al verla detenidamente es más guapa de lo que imaginaba. Saco mi celular de su estuche y sonriendo le digo
-Son la Una y ventidos.
-Gracias. –Responde ella
Continúo mi camino. Trato de ubicar a la señora de la canasta pero esta ha desaparecido. No está… ¡Ah no!... ¡Allá la veo!... ¡En la esquina! Ya solo estoy a unos cuantos metros. ¡Por fin un paquete de galletas de animalitos a mi alcance! Le tomo del hombro y le pregunto:
-¿A cuanto las galletas señora?
-¿A cuanto?... –Me contesta extrañada. Para concluir.- ¡Esto es mío, y no lo vendo jovencito!
La señora cruza la pista refunfuñando y yo me quedo mirándola. Resignado estiro la mano para que se detenga la custer que me lleva a mi casa. Ésta se pasa unos metros y corro hacia ella. Me subo a la volada y me siento junto a una señora embarazada que come un helado. ¡Uf… menos mal que no me gustan los helados!, pienso.
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