Querido diario
Ayer mi padre me miró por última vez. Estaba recostado sobre su cama y me miraba a los ojos sonriendo. Yo le acariciaba la cabeza sabiendo que era una de las últimas veces que lo haría. Vivíamos solos, ahora yo vivo solo, la enfermera dejó de venir hace una semana. Ya no era necesario. A ella también le sonreía a cada momento a pesar de no conocerla. Le cambiaba su ropa y le sonreía, le daba su dieta y le seguía sonriendo, le peinaba las pocas canas que le quedaban y continuaba sonriendo. La enfermera se contagió de eso y también le sonreía, pero cuando me veía llegar se ponía seria como si yo rompiese el encanto. Hace ocho meses que mi papá dejó de conocerme; dejó de hablarme porque tampoco se acordaba de las palabras y a pesar de eso no demostraba tristeza. Quiero creer que durante todo ese tiempo no tuvo molestias, ni incomodidades, ni momentos de angustia; que hubiese olvidado todo lo malo que existía en la vida y lo único que tenía en su mente era la idea de sonreír y nada más. Hoy recojo algunas cosas y ordeno su cuarto vacío. He quitado algunas fotos de su mesa de noche. Lo recordaré por un tiempo como lo vi ayer.
jueves, 4 de marzo de 2010
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