martes, 18 de mayo de 2010

Querido diario

Todos comentaban en el foro que un tal don Carlos habia fallecido. Que era el señor canoso que vendía juguetes antiguos en el jirón Camaná, el que tenia todos los autitos apilados unos sobre otros, el que siempre tenia una anécdota para contar. Todos los describian y cada dato calzaba perfectamente con el señor que me atendió varias veces en su puesto. Yo apenas lo conoci pero siempre me trato bien, hace unos dias lo vi como siempre, sentado, comiendo un menu en su taper de plástico. ¡No puede ser! decia para mis adentros. Tengo que confirmarlo con mis propios ojos. Fue por la noche, estaba de pasada pues habia dejado unas fotos para imprimir, y mientras esperaba me di una vuelta por la galeria para asegurarme del todo. Tal ves los foristas estaban hablando de otro señor, otro canoso que no conocia. Caray, hay tantos canosos en el mundo... ¿porqué tendria que ser él? Pero cuando apenas entre a la galería me di cuenta que si era él. Su puesto y varios alrededor estaban cerrados. Al frente estaba colocada una mesa con varias velitas misioneras y pegado en la puerta metálica una foto de don Carlos, el señor de los carritos apilados, el de las estampillas rebuscadas, el de los robots antiguos, el amable señor que siempre me atendió bien y nunca le pude comprar nada. Si se va un vendedor cualquiera, no pasa nada porque viene otro que lo reemplaza y sigue el mundo, pero si se va un vendedor de recuerdos, un contador de historias, un hombre amable, todos lo extrañan. Hasta los que no lo conociamos bien.

lunes, 8 de marzo de 2010

Hambre

Querido diario

Fue interesante la clase de hoy, pero igual tengo hambre. Estoy bajo el umbral de la puerta principal del Centro Cultural y camino rápido hacia la tienda que está a unos quince metros. El sol me da casi sobre la cabeza. No tengo sed. Las tripas me suenan desde hace una hora y espero que un paquete de galletas o un queque me alivie un poco. Entro a la tienda y llamo a la señorita que horas antes me sacó unas fotocopias. La llamo varias veces pero no me atiende nadie. ¿Habrá salido de emergencia o estará en el baño? Cojo una moneda de diez céntimos y la hago sonar sobre el vidrio de su vitrina.
-¡Señorita! –grito
Nadie me hace caso. Junto a varias gaseosas veo un sandwich triple sobre una repisa. Está al alcance de mi mano. Si lo agarro y lo meto en mi mochila nadie se dará cuenta, pienso. Dudo un instante pero luego me arrepiento por el temor de ser descubierto y no saber que decir si me encuentran con las manos en la masa. Entonces para evitar la tentación salgo de la tienda. El sol me da otra vez. Ver tantos refrescos me ha dado ahora sed y hambre.
Recuerdo entonces haber visto una vendedora ambulante merodeando el parque frente a la tienda. Cruzo la pista sin ver a los costados porque al fondo, casi del otro lado del parque veo a una señora con una canasta llena de golosinas. Camino presuroso hacia ella. Paso junto a varias bancas donde la gente se detiene a descansar o a leer. Unos metros más adelante una joven se levanta y se camina hacia mí. Al pasar por mi lado me pregunta la hora. No puedo evitar ignorarla porque al verla detenidamente es más guapa de lo que imaginaba. Saco mi celular de su estuche y sonriendo le digo
-Son la Una y ventidos.
-Gracias. –Responde ella
Continúo mi camino. Trato de ubicar a la señora de la canasta pero esta ha desaparecido. No está… ¡Ah no!... ¡Allá la veo!... ¡En la esquina! Ya solo estoy a unos cuantos metros. ¡Por fin un paquete de galletas de animalitos a mi alcance! Le tomo del hombro y le pregunto:
-¿A cuanto las galletas señora?
-¿A cuanto?... –Me contesta extrañada. Para concluir.- ¡Esto es mío, y no lo vendo jovencito!
La señora cruza la pista refunfuñando y yo me quedo mirándola. Resignado estiro la mano para que se detenga la custer que me lleva a mi casa. Ésta se pasa unos metros y corro hacia ella. Me subo a la volada y me siento junto a una señora embarazada que come un helado. ¡Uf… menos mal que no me gustan los helados!, pienso.

jueves, 4 de marzo de 2010

Querido diario

Ayer mi padre me miró por última vez. Estaba recostado sobre su cama y me miraba a los ojos sonriendo. Yo le acariciaba la cabeza sabiendo que era una de las últimas veces que lo haría. Vivíamos solos, ahora yo vivo solo, la enfermera dejó de venir hace una semana. Ya no era necesario. A ella también le sonreía a cada momento a pesar de no conocerla. Le cambiaba su ropa y le sonreía, le daba su dieta y le seguía sonriendo, le peinaba las pocas canas que le quedaban y continuaba sonriendo. La enfermera se contagió de eso y también le sonreía, pero cuando me veía llegar se ponía seria como si yo rompiese el encanto. Hace ocho meses que mi papá dejó de conocerme; dejó de hablarme porque tampoco se acordaba de las palabras y a pesar de eso no demostraba tristeza. Quiero creer que durante todo ese tiempo no tuvo molestias, ni incomodidades, ni momentos de angustia; que hubiese olvidado todo lo malo que existía en la vida y lo único que tenía en su mente era la idea de sonreír y nada más. Hoy recojo algunas cosas y ordeno su cuarto vacío. He quitado algunas fotos de su mesa de noche. Lo recordaré por un tiempo como lo vi ayer.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Querido diario

El joven camina por la acera. Es mediodía y avanza a paso lento con ambas manos en los bolsillos de su pantalón de drill. Juguetea con su mano izquierda con algo que tiene entre sus dedos. Dobla la esquina y llega a una calle más transitada. De su bolsillo saca una bolita de jebe a la cual le da botes contra el piso mientras camina. Junto a él pasan autos a mediana velocidad; el sol le cae sobre la cabeza pero está tan distraído que no tiene calor. La bola de pronto da un bote extraño y sale disparada hacia la pista. El joven, asustado, corre tras ella. De pronto un auto vuelve a mandar la pequeña bola a la vereda pero varios metros más adelante del joven. Este corre desesperado detrás de ella antes de que vuelva a la pista. La alcanza, se detiene y la mira detenidamente. Unos segundos después le da un beso y se la guarda nuevamente en su bolsillo izquierdo. Continúa caminando con la certeza de que eso no volverá a suceder.

lunes, 22 de febrero de 2010

Ray Milland querido diario
Querido diario

En 1963 Ray Milland protagonizó una pelicula titulada "El hombre de los rayos X en los ojos". Dieciocho años despues de ganar el Oscar a mejor actor Ray Milland se dedicó a realizar peliculas de serie B y de bajo presupuesto. No conozco la biografia del galardonado actor por eso no se que decirles respecto a su carrera y porqué se dedicó a trabajar en peliculas de esa categoría. Pero recordando hace unos dias el argumento del mencionado film, me doy cuenta del absurdo de este, pero eso no importa cuando uno ve la película y sobretodo una pelicula de ciencia ficción. La historia es verosimil y eso es lo que importa, pero analizando bien en la historia Ray Milland es un reconocido médico oftalmólogo y logra descubrir una sustancia que aplicada a los ojos puede uno ver a través de los objetos. El tormento y el drama del personaje principal empieza cuando al aplicarse ingentes cantidades de la sustancia en cuestion hace que durante todo el día su visión sobrepase cualquier superficie, por lo tanto no puede dormir por que su vista traspasa a sus parpados impidiéndole descansar. Y aqui viene lo absurdo del argumento. Si su visión traspasa todo lo material lo lógico seria que traspase no solo sus párpados sino tambien las paredes y cualquier clase de estructura. De tal modo que su mirada atravesaría todo lo material hasta llegar al infinito, y el infinito es negro y no hay nada, por lo tanto su visión de rayos x no le serviría de nada por que al atravesar todo, todo le resultaría invisible y por lo tanto solo vería la oscuridad absoluta, ergo no tendría ningún inconveniente en dormir, pero de haber sucedido lo lógico, no hubiera existido nunca esta película de culto.