jueves, 22 de mayo de 2003

Preambulo

Preámbulo
Otra vez el dolor punzante. El aviso de mi finitud. La muerte me ha tocado y yo no me espanto. ¿Lo hará ella ante mi pasividad? Me has puesto ese bulto hace veinte años, y recién ahora surte los efectos que tanto esperabas, y aunque no lo creas, yo también. Por eso disfruté cada momento, pero tu qué sabrás de eso. Tú, muerte, eres inmortal y me apena que nunca sientas lo que es el vivir por un momento. Es que ese es tu castigo, tu vida es tu tormento. En el fondo cumples una gran labor cuando te dedicas a matar, pero ya quisieras poder suicidarte. ¿Qué te mate?, no gracias... y después ¿quién me mata a mi? No, no te odio, tampoco te quiero; talvez ni siquiera existas y seas sólo un concepto. Entonces por eso ni vives, ni mueres y no tienes ni familia, ni amigos que te recuerden... auch, el dolor se agudiza, pronto no podré escribir, ni filmar, ni hablar. No serviré para nada. Un día, de niño, soñé que moría, y me aterró la idea de irme de este mundo sin haber amado de esa manera tan especial que nos imaginamos somos capaces de amar.
Ahora, ya no, y no es resignación. De ninguna manera. Simplemente los intereses van cambiando con el tiempo. Es cierto que quedarán cosas incompletas. No veré las 53 películas de Hitchcock, ¿algún peruano lo habrá hecho?, no llegaré a ver 104 películas en cine al año, no despertaré junto a mi alma gemela, en fin. Aunque hay muchas cosas que si están hechas, y eso al final es lo que vale. Lo que se hace y no quien lo hace. Ya me aburrí de mi mismo no quiero escribir a la fuerza, lo siento si es poco, pero es por respeto... ¡auch!, otra vez la punzada, ¿qué pasa muerte, estás apurada?

Mayo 2003